“Lo importante de la Semana Santa vallisoletana es el silencio; un silencio espeso, sombrío y doliente que encubre y arropa una honda emoción popular.” –Miguel Delibes-
Un silencio, como decía Delibes, que traspasa los límites de lo religioso y se convierte en una manifestación cultural. Quizás eso mismo llevó a la Semana Santa de la ciudad del Pisuerga a ser considerada de Interés Turístico Internacional, en 1981, pasando a ser una de las primeras en toda España con dicha distinción.

La historia de la Semana Santa de Valladolid, que hoy podemos ver, tiene sus inicios en 1923, con la idea del Arzobispo Gandásegui, quien impulsó la recuperación de las procesiones con la presencia de las cofradías históricas y también fomentó la creación de nuevas cofradías.
Una semana de pasión que da comienzo el 14 de abril y culmina el 21 de abril y en la que la sobriedad es la protagonista de las procesiones, característica que se destaca por la calidad y la belleza de los pasos realistas que recorren las calles a lo largo de los días marcados. Tallas realizadas por los mejores imagineros, entre los que destacan Gregorio Fernández, Francisco del Rincón o Juan de Juni.

Las piezas, que a lo largo del año descansan en el Museo Nacional de Escultura o en Templos, en Semana Santa salen a la calle gracias a las 21 cofradías de ciudad. Estas agrupaciones se encargan de dar vida a las imágenes, con fervor, entrega y dedicación. Algunas de ellas lo hacen desde los siglos XV y XVI, siendo las cofradías La Pasión, La Vera Cruz, La Piedad, El Nazareno y Las Angustias, las más longevas.

Todas las procesiones se distinguen por la devoción, el silencio y el recogimiento, pero son la del “Encuetro”, “Rosario del Dolor” o la “Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor”, las más destacables. Otro de los hechos a destacar es el “Sermón de las Siete Palabras”, al que se le considera uno de los actos más espectaculares de la ciudad.
“El ambiente es lo más digno de admirarse de nuestra Semana Santa. Todo se desliza en una penumbra que amansa los nervios, mientras que por encima de las cabezas sopla una racha de trágica paz. Es silencio, recogimiento, conciencia íntima y dolorosa del Gran Sacrificio.” -Miguel Delibes-
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